Nueva normalidad. Hasta un total de catorce veces aparece esta expresión en el documento elaborado por el Gobierno de España para explicar las fases de la desescalada. Este escrito, con una extensión de 28 páginas y tres anexos, establece esa “nueva normalidad” como el objetivo final del proceso de desconfinamiento. Una transición de vuelta a la normalidad, pero con las precauciones y medidas de protección necesarias para prevenir los contagios y minimizar el riesgo de un repunte de la enfermedad. De eso se trata, y eso intentarán llevar a cabo las autoridades sanitarias y políticas en este proceso que hoy comienza con el permiso para salir a hacer ejercicio.

Proceso asimétrico y por fases

Asegura el Gobierno que el mencionado plan establecerá los parámetros y medidas a seguir para la adaptación de la sociedad y que será un proceso largo y sostenido en el tiempo. Reconoce, además, que el proceso de desconfinamiento se inicia porque no es posible ni realista esperar a la creación de una vacuna para comenzar la recuperación social y económica. Otras características del plan elaborado por el gobierno serán la asimetría, cada una de las comunidades (incluso provincias) llevarán diferentes ritmos de desconfinamiento, y la adaptación.

Haciendo hincapié en esas dos últimas características y estrechando el cerco sobre Andalucía, cabe destacar que el proceso no será el mismo en provincias como Huelva o Almería, con datos más que esperanzadores sobre el Covid-19, que otras como Málaga o Granada en las que la enfermedad tiene mayor presencia, todavía a día de hoy. Además, habrá que ir comprobando que las circunstancias son las oportunas para ir avanzando en la desescalada y que las medidas de restricción vayan siendo sustituidas por otras que contribuyan a una vuelta gradual a la actividad social y económica y la llegada a la mencionada nueva normalidad.

Indicadores de diversas naturalezas

El avance de una fase a otra dentro del proceso de desconfinamiento dependerá de una serie de indicadores. Estos pertenecen a dimensiones distintas, tales como la salud pública, que evaluarán la evolución de la situación epidemiológica; de movilidad, muy vinculada a un posible riesgo de contagio; de dimensión social y de actividad económica, en la que habrá que tener especial atención con aquellos que se han visto más afectados por la crisis económica derivada de la crisis sanitaria. Las decisiones, eso lo dejaron bien claro tanto Pedro Sánchez como Salvador Illa, las tomará el gobierno. Y serán ellos quienes coordinen el proceso de desescalada.

Algo que no sabe nadie es cuándo llegará esa nueva normalidad tan repetida por Sánchez el pasado miércoles en su discurso. En principio, y si todo marchase al cien por cien como debe, España comenzaría ese periodo en los últimos días de junio y después de ocho semanas de fases intermedias. Durante esas semanas, la actividad económica y social se irá reestableciendo de forma paulatina con la apertura de pequeños negocios, bares y restaurantes, monumentos, cines y teatros… También con el permiso para viajar dentro de la misma provincia, la posibilidad de visitar a familiares y/o amigos, etc. Otra cosa que se desconoce es en qué consistirá exactamente ese tan novedoso periodo.

Nueva ¿normalidad?

¿Mascarilla obligatoria por la calle? ¿Viajar en transporte público con miedo a acercarse demasiado a otros pasajeros? ¿Irse de cañas con mamparas de por medio? ¿Playas con separación entre personas? ¿Quedadas con amigos a metro y medio de distancia? Desde luego que esas actividades desarrolladas así suponen una novedad, pero normales (según la RAE, en su segunda acepción: habitual u ordinario), no son. Un proceso calificado con la palabra normalidad, ya sea la vieja o la nueva, debería producir comodidad y calma. Debería implicar encontrarse dentro de la tan manida “zona de confort”. Y esta nueva normalidad, la cual ni tan siquiera conocemos aún, causa de todo menos eso.

No quisiéramos culpar de ello a nadie en concreto. La expresión no es un producto made in Moncloa. Es cierto que muchos países están calificando de forma idéntica o similar a ese periodo que llegará al final de la desescalada: neue normalität en Alemania, the new normal en Reino Unido o a nova normalidade en Portugal. Lo que también es cierto es que ninguno de los dirigentes de esos países ha repetido hasta la saciedad la retahíla con la más que probable intención de poner la tirita antes de hacerse la herida, con la idea de que la ciudadanía se acostumbre a algo antes siquiera de conocerlo. Y eso, una vez más, nos lleva a sentirnos no demasiado cómodos.

Deseos

Por concretar e ir finalizando, hay que decir que existen varias certezas. Una es que la enfermedad no remitirá del todo hasta que no se encuentre una vacuna para ella. No lo decimos nosotros, ahí están numerosas declaraciones de autoridades y eminencias sanitarias. Otra es que este 2020 no se nos olvidará en lo que nos quede por vivir a cada uno de los que lo hemos conocido. Siempre, irremediablemente, nos acordaremos de este año como el año del coronavirus. Por último, está la certeza de que todos deseamos que esta situación acabe.

Deseamos que pasar el día en casa sea un placer y no una obligación. Deseamos que bajar a tirar la basura sea un incordio en vez de un privilegio. Deseamos que las cervezas que nos tomamos con nuestros amigos suenen al brindar y no haya que enseñarlas en una videollamada. Deseamos, a los que nos gusta el deporte, que nuestro equipo vuelva a perder un partido en el descuento (bueno, quizá esto no tanto). Deseamos tantas cosas… Y, cuando esto acabe, todos deseamos volver a nuestra vieja normalidad y no a la nueva. A nuestra normalidad. Sin adjetivos. A secas.

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