Dos púgiles sobre un mismo cuadrilátero. Soltando derechas e izquierdas, rodeados por cientos de observadores con la mascarilla más que ajustada. Un púgil con calzón blanco y otro con calzón negro. Blanco y negro. El yin y el yan. El bien y el mal. De repente, una sucesión de golpes, como caídos del cielo, hacen sonar la campana ante la toalla que vuela sobre el ring, arrojada por los veladores de la salud. Los ángeles de la guarda del derrotado calzón blanco.

Ha ganado el negro, ha ganado el mal. Aunque, si el mal es dejarse la piel barnizando madera en una carpintería para terminar de perecer sobre el tapiz, aquí hay algo que no cuadra. Es John Carter, el nuevo campeón de la Unión Europea de boxeo en la categoría de superpluma. El cinturón se queda en Almanjáyar. Con madera de líder. No es el mal, es la justicia poética del que lo tiene todo y, a su vez, no tiene nada. Es la venganza del barrio, del comercio de barrio, del obrero sobre su final predestinado.

Pregunta. ¿Cómo están siendo estos primeros días después del combate?

John Carter. La verdad que muy bien. Toda la gente felicitándome. Pido perdón a todos a los que no he respondido. Que les voy a contestar, a no ser que me eliminen el mensaje, que no creo… Voy a sacar tiempo de donde sea, porque ya que se han molestado en escribirme, les voy a contestar a todos.

P. Estamos de vacaciones, así que si esperan un poco no pasa nada. No hay que tener tanta bulla…

J. Claro, claro. Además, quiero aprovechar un poco con mi novia y desconectar del móvil. No soy un niño al que le guste leer, ni estar pendiente del móvil, pero tengo que hacerlo para que nadie piense que esto se me ha subido a la cabeza. Sigo siendo el mismo.

P. Eres el campeón de la Unión Europea de boxeo en superpluma, pero sigues disfrutando de la costa granadina…

J. Sí, estoy en Torrenueva en el apartamento de mis padres. No me voy de vacaciones a ningún sitio. No fui a cazar el domingo con mi hermano porque estaba reventado después del combate. Yo me voy a mi pueblo de Lopera y a Torrenueva.

P. O sea, que ni un título como ese te cambia.

J. No, al final tienes que quedarte con lo sentimental. El cinturón es un trozo de cuero y otro de metal. Me quedo con la experiencia, con el buen recuerdo, pero no me cambia. Sigo siendo el mismo carpintero y el mismo chaval de barrio. Para que me saquen de ahí, va a ser difícil.

P. ¿Has podido volver a tu barrio de Almanjáyar después del combate?

J. Sí, claro. Yo vivo allí. Volví en cuanto salí de Málaga con mi novia.

P. Serás el orgullo del barrio. Te habrán hecho una estatua o algo…

J. (Risas) No, no, qué va. Ojalá lo fuese. La verdad es que me para mucha gente para felicitarme, los vecinos… Es un orgullo. Antes era el cabroncillo del barrio, porque era muy travieso de niño, y ahora me dan la enhorabuena porque estoy dando a conocer el barrio. Es una alegría.

P. Además, sabiendo boxear, tampoco tendrán muchas ganas de regañarte…

J. No, yo no me he peleado nunca. No me gustan las peleas.

P. ¿Sólo en el ámbito deportivo?

J. Sí, pero es que eso no es una pelea. Es un combate de boxeo. Tiene unas reglas, unos guantes… y no tiene nada que ver con una pelea callejera.

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“No me gustan las peleas. El boxeo no tiene nada que ver con una pelea callejera”

P. Hablando de Almanjáyar. El barrio siempre ha tenido un estereotipo de zona peligrosa, lleno de gente un tanto indeseable, drogas… ¿Cumple con la realidad o crees que es una imagen exagerada?

J. A ver, yo por mi barrio voy tranquilo. Que sí, que la gente vive de lo que vive porque no hay otra cosa. Están ganando mucho dinero con ese tema –la venta de drogas-, pero a mí ni me va, ni me viene. Sigo con mi carpintería y mi boxeo, y tendré que seguir así. Ya que el boxeo no me da para comer, tendré que seguir en la carpintería. Si el día de mañana puedo dar clases de boxeo a un alto nivel y ganar más dinero, pues dejaré la carpintería.

P. ¿Has notado en los chavales del barrio un mayor interés en el boxeo a raíz de conocerte y de tratar contigo a diario?

J. La verdad es que sí. Yo empecé a boxear con 15 años y era muy raro ver a alguien jovencillo, de mi edad, boxear. De hecho, hasta que no tuve 17 no coincidí con nadie en el gimnasio. Pero ahora vas y te encuentras, donde ‘El Guillo’, a alguien que lleva desde los 12 años boxeando y a muchos chavalillos.

P. ¿Te ven como una especie de ídolo o alguien en quien fijarse?

J. No creo que sea un ídolo para ellos. Ahí estarán Floyd Mayweather, ‘El Canelo’ o Ricky Hatton por encima. No creo que se fijen en mí.

P. Por el COVID19, te hemos visto entrenar durante el confinamiento con métodos muy caseros: levantando garrafas o sacos, por ejemplo. ¿Se puede aprender a boxear en casa?

J. No, tienes que tener un entrenador que te lo enseñe. El que entrene online creo que está haciendo el ridículo. Yo, porque no me gusta vender la moto, entrenaba todos los días en casa, pero con mi hermano, que sabe del tema. No voy a decir “Venga, pega en la manopla”, y poner la manopla en la televisión. Lo veo como algo que necesita el contacto. En casa se puede entrenar la forma: flexiones, dominadas…, pero boxeo como tal no. Es como el fútbol. Necesitas tener alguien que te enseñe.

P. Volviendo al combate, ¿cómo lo viviste? Larrinaga te aguantó bien, pero parecía que eras tú el que llevabas siempre la voz cantante.

J. En todos los combates me pasa lo mismo. Tengo la sensación de que estoy por debajo siempre. En mi mente iba perdiendo, así que iba apretando cada vez más y más, y en el séptimo asalto me enganchó Ibon una mano que me dejó ‘sentío’, y no se dio cuenta nadie. Fue justo cuando sonó la campana. Me pegó abajo en el hígado y me fui a la esquina. Luego, nada más salir, me puse a pegar y pegar, y cuando escuché que le saqué el aire, me dije “Tengo que apretar. Ahora o nunca”. Apreté y fue cuando tiró la toalla. Por fin.

P. De hecho, en el tercer asalto lo tiras a la lona y se queda ya bastante tocado…

J. La verdad es que sí. Le pegué una derecha que no veas… Me fui contento.

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“Me enganchó una mano al hígado que me dejó ‘sentío'”

P. No concibo que dos personas se lleven bien después de ‘matarse’ en un ring. ¿Cómo es tu relación con Ibon Larrinaga?

J. Me llevo muy bien con él. Somos compañeros de equipo y cada vez que subo a Bilbao hablo con él, entrenamos juntos, tomamos café… Somos colegas. Es como el que juega a fútbol contra otro. No hay que llevarse mal. Simplemente que, a la hora de boxear, tenemos que ir con todo. No es por maldad, sino para dar el espectáculo que la gente quiere ver.

P. Durante los combates. ¿tenéis cierto temor a contraer el coronavirus? Porque, evidentemente, no lleváis mascarilla ni nada.

J. Está todo muy controlado. De todos modos, creo que pasé el virus a lo largo del confinamiento. Tuve todos los síntomas, pero no me hice las pruebas. Creo que lo pasé y no veas… Me levanté que parecía que había peleado el día anterior. Estuve casi un mes así. Tres semanas con neumonía. Seguramente tuvo que ser eso -el virus-, porque estaba que me moría.

P. ¿Qué ha supuesto para ti este título de la Unión Europea?

J. Llevábamos como aspirantes oficiales al título cosa de un año largo o dos. Al principio iba a ser con un italiano, luego con un maltés… Después me metieron con Ibon porque ninguno de los otros podía venir a pelar por el confinamiento. Era un combate al que le tenía ganas. El cinturón se lo he regalado a mi padre.

P. ¿Lo ha colgado en el taller?

J. No, él está ya jubilado. Supongo que lo colgará en su cuarto. A ver si el siguiente me lo puedo quedar yo. El primero, el de España, se lo di a mi madre, el segundo a mi hermano y este tercero es de mi padre. A ver si el cuarto… aunque ya está diciendo mi novia que el cuarto es para ella.

P. Tendrás que ganar un quinto y un sexto entonces…

J. Ojalá, Dios te oiga y pueda ganar muchos cinturones más. Es lo único que nos vamos a llevar del boxeo, porque otra cosa… Y bueno las experiencias. Todas mis vivencias de irme a Alemania, a Rumanía… Son únicas, y sólo las sabe quien las vive.

P. ¿Qué falta para que tú y otros boxeadores podáis vivir del boxeo?

J. Dinero. Eso es lo que falta. Porque con lo que cobré el otro día me podría comprar una bicicleta o algo así… En España se paga muy mal. Si fuera un boxeador inglés, estaría viviendo del boxeo. También en E.E.U.U. Aquí en España tengo que vivir de la carpintería y de los olivos que tiene mi madre.

P. ¿Inglaterra y E.E.U.U. son los países que mejor pagan?

J. Sí, es donde más tradición de boxeo hay.

P. Estás invicto desde que diste el salto al profesionalismo…

J. Bueno, tengo un empate…

P. Eso es ser invicto. No te han derrotado nunca.

J. Ah, bueno. Entonces sí, estoy invicto. (Risas)

P. ¿Esta idea de mantener la racha te supone un extra de presión?

J. No tengo presión ninguna. No le debo nada a nadie, sólo a quien se lo debo, y sabe que cumplo con ello. Se lo debo a mi entrenador y a mi familia, que me ven entrenar cada día y sacrificarme. Subo al ring sin presión ninguna. Simplemente con los nervios previos a la pelea, que son normales por pelear, no por tener que demostrar nada a nadie.

“En España pagan muy mal. Si fuese inglés o americano, estaría viviendo del boxeo”

P. ¿Cuál es tu próximo paso?

J. Tengo que montarle unas puertas a Juan de Parque Nueva Granada. De boxeo, pues a esperar que me llame mi manager y me cuente alguna fecha. En cuanto vuelva a Granada estoy entrenando. Este jueves. Pero que mi trabajo no es el boxeo. Entreno todos los días. Mañana -este martes- saldré a correr, pero eso son vacaciones. Ojalá pudiera vivir entrenando todos los días y no yendo a trabajar. Eso en comparación son unas vacaciones. Pero me motiva el tener que trabajar todos los días en la carpintería para poder boxear.

P. ‘Maravilla’ Martínez ha anunciado que va a volver a pelear con cuarenta y tantos años…

J. ¡Es un máquina! Me encantaría poder conocerlo en persona…

P. ¿Y pelear contra él?

J. No, no. Ese es demasiado bueno. Yo soy muy malo. Aunque esté mayor, ese te pega un porrazo que te deja… ¡Mira cómo dejó a Paul Williams! Martínez sí que es un ejemplo a seguir. Decían que solamente Mayweather entrenaba más duro que él.

P. ¿Te veremos con esa edad en un ring?

J. No creo que me deje mi entrenador. El otro día me dijo: “Plantéate que te quedan cuatro años boxeando”. ¿Cómo? “Sí, sí. Que a los 30 te retiras”. Yo creo que no… “No es lo que tú creas, es que yo no te voy a dejar seguir”. Él es el que manda, pero voy a estar entrenando todos los días para que me deje, como Kiko Martínez. Kiko está ahí al pie del cañón todos los días y lo ves que parte la pana. O Javier Castillejo, que era un hombre más mayor y sigue peleando a gran nivel.

P. Si el boxeo es un deporte en parte peligroso, que por eso los entrenadores intentar limitar vuestros años de competición, y además me comentas que no se gana mucho dinero con ello, ¿qué es lo que os hace seguir y no dejarlo?

J. La sensación de subirte a un ring no se puede explicar. Cuando estoy ahí arriba y huelo el Vicks Vaporub, estoy viendo mi debut con 16 años en Santa Fe. Te lo juro por lo que más quiera. Cierro los ojos y lo huelo, y estoy viendo el pasillo de Santa Fe, doblando la esquina, me veo con mis pelos larguillos y corriendo, que me tropecé y todo… Qué pasada. Cómo pasa el tiempo. Intento aprovechar al máximo cada momento haciendo lo que haga, porque el tiempo vuela.

P. ¿Alguna vez has pensado en dejarlo? Ya sea por necesidad económica o por cualquier otro motivo.

J. La verdad es que sí. El año pasado me dio un poco de bajón. Porque tuve problemas personales. Sólo se lo he contado a mi entrenador. Fue hace poco. No tenía ganas de boxear. De hecho, a las últimas dos peleas antes del combate por el título fui sin ganas. Las hice por hacer. La última pelea en Talavera ni la he visto. De hecho, se me puede ver la cara en el vídeo cuando me levantan la mano. “He ganado”, pero no significaba nada para mí. Ni entrené en serio. Entrenaba porque me gusta, porque soy hiperactivo. Pero no tenía la motivación necesaria de decir: “Hay que ser campeón”.

P. Y tiempo después… campeón.

J. Me cambió el chip unos meses atrás. Antes de la cuarentena ya lo tenía cambiado. Y me motivé bastante.

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