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El lunes 23 de noviembre amanecía de forma diferente en las calles de la zona sur de la provincia de Granada. Únicos pueblos donde se han levantado las restricciones de cierre de pequeños comercios, bares, restaurantes y gimnasios. Encargados y trabajadores de los establecimientos se encontraban realizando tareas de limpieza y desinfección para poder abrir el negocio el día estipulado por la Junta. ‘Manguerazos’ de agua para las sillas, mesas y terrazas de los restaurantes mientras la gente se paraba a consultar el horario de apertura y cierre.

Frases como “menos mal, ya era hora”, “no podíamos permitirnos seguir cerrados más tiempo” o “a ver cuánto duramos esta vez” no paraban de sonar si ponías el oído en las conversaciones entre clientes y trabajadores. No se puede negar la felicidad que tienen los dueños y trabajadores de estos comercios, pero el umbral de la incertidumbre es muchísimo mayor.

De hecho, cuando entablas una conversación con ellos, es lo primero que recalcan. “Muy bonitas estas medidas, pero esto ya lo hemos visto antes”, decía el dueño de un bar de tapas en Almuñécar. “Aún así tenemos que dar las gracias porque poder abrir significa seguir generando dinero. No como antes, pero tampoco todo son pérdidas. Si echamos la vista no muy lejos, en Granada capital, la cosa está muy fea. No me quisiera ver en esa situación. Tendría que cerrar directamente”, recalcaba. Pero lo que realmente le quita el sueño a estos dueños y trabajadores es saber cuánto durarán estas medidas.

“Que yo pueda abrir ahora no significa que vuelvan a crecer el número de contagios y se señale a la hostelería. El sentimiento que tengo no llega a ser ni media felicidad. No me lo quiero creer porque en el momento en el que lo haga, me darán la patada” relataba con una sonrisa nerviosa y sin mantener la mirada fija. Una prueba más de la inseguridad que genera esta situación para los trabajadores de la hostelería. “Si por mi fuera, cerraría sin pensármelo, pero tengo una familia que mantener. Además, los trabajadores con los que cuento también”, añadía.

Cuando se toca el tema de las ayudas es otra persona. Mirada desafiante y penetrante. Contestaciones directas, tajantes y sin pelos en la lengua. “Yo aún sigo esperando la ayuda que íbamos a tener. ¿A ti te ha llegado?, porque a mí no. Vamos, ni a mí ni a ninguno de los amigos que tengo en el sector. No sé a qué esperan, ¿a que vuelva a abrir y así ahorrárselas? No tengo ni idea”, de esta forma mostraba su descontento. “Llevo mucho trabajado en este sector para que ahora vengan cuatro políticos de turno a señalar la hostelería como foco principal. Aquí respetamos las medidas y somos intransigentes con aquellas personas que no cumplen las restricciones. Así que tendrían que mirar hacia otros sectores para poder identificar otra parte del problema”, finalizaba sin alzar la voz.

Aunque la situación parezca ayudar, la hostelería sigue muy tocada. No sabremos cuánto tiempo falta para conocer el siguiente capítulo de esta saga. Pero lo que sí es cierto, es que los trabajadores del sector se tienen que sentar en la mesa de sus locales a comer con la incertidumbre de saber qué va a pasar con su negocio en los próximos días. No hay más, encogerse de hombros y seguir trabajando hasta que se lo permitan.

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