Durante el confinamiento todo se detuvo. Los vehículos no rugieron por el asfalto, los bares no sirvieron esa última copa al borde de la primera luz del día y la afición dejó de corear el nombre de su ’10’. Tampoco proyectaron los cines la última película del genio de turno, ni los eternos olvidados del séptimo arte pusieron voz a las líneas del guión.

Durante el Estado de Alarma, descubrimos que las cosas no tan importantes, en realidad, sí lo eran. El poder ‘ticar’ una entrada, llenar un cartón hasta arriba de palomitas de maíz y disfrutar en la oscuridad de la invención de otro sí lo era. Con la pandemia, el cine se paró. Y con él, todo el sector de la ficción y el entretenimiento.

Con la vuelta a las calles, todo se reactivó, aunque con una gran losa sobre la espalda por el tiempo perdido. Unos reclamaron ayudas, otros se santiguaron. Pero los que centran este escrito no son ni los unos, ni los otros. Son aquellos a los que no les apuntaba el foco y que siempre han estado ahí luchando a contracorriente. Los eternos olvidados de la industria.

“La pandemia ha afectado al doblaje. Este sector no es ajeno al resto. Cuando no se producen ni series ni películas, cuando a España llegan menos estrenos…, se dobla menos”, confiesa un actor de doblaje nacido en la ciudad de Baza y llamado José Antonio Meca.

Mismos problemas, mismas medidas

“Ahora hay unas limitaciones enormes en los estudios de doblaje. Por el protocolo COVID, se tarda mucho más en doblar y los costes se han disparado”, explica Meca. Además de que cuanto mayor es la duración del trabajo, mayor ha de ser también el presupuesto del proyecto, el refuerzo de la higiene y la seguridad ha supuesto un gasto extra que, hace más de siete meses, no se tenía en cuenta.

“No difiere mucho más a cualquier otra empresa. Por ejemplo, los estudios han incorporado unas mamparas que separan a los técnicos del director de doblaje y de los actores. Los micrófonos tienen unos capuchones protectores, se ha establecido un protocolo de entradas y salidas, se ha eliminado el contacto con los compañeros, los guiones se muestran en una tablet… Esas necesidades hay que pagarlas y, muchas veces, afectan a la calidad del producto final”.

El mundo del doblaje es un lugar muy hermético. Apenas se muestra cara al público, favoreciendo la creación de estereotipos por parte del espectador. De hecho, donde más se deja ver es en las redes sociales a través de comentarios que, con casi total certeza, van más cargados de plomo que de plata.

El actor, a escena./FOTO: José Antonio Meca

La industria sobre el arte

“El doblaje no le importa a nadie, salvo si es para criticar. Pero esto no procede del confinamiento, viene de antes. Se habla siempre sobre la perversión de la obra original, de cargarse obras… Pero el doblaje es un servicio más, no una obligación. Esto va de oferta y demanda. Desde casa puedes poner subtítulos o cualquier otro mecanismo”, cuenta el actor.

“Todo el mundo raja del doblaje -prosigue-, pero luego todo el mundo lo ve, porque las sesiones originales de los cines están vacías siempre”. Volviendo al confinamiento -metafóricamente-, quizá el coronavirus haya logrado sacar algo positivo dentro de la calamidad: que el doblaje sea accesible para todos y sin importar la barrera logística de la geografía.

“El confinamiento ha conseguido que se pueda doblar prácticamente desde cualquier sitio. Mucha gente ha montado su propio estudio casero, por lo que a la hora de doblar da igual si estás en Zamora o en Madrid”, afirma Meca. “Estás en casa, te mandan un guión y lo haces. Y otro actor hace lo mismo en otro sitio. No importa si es desde Madrid, Zamora o Granada”.

Como está ocurriendo en otros ámbitos del arte y la cultura, el mecanismo se mercantiliza cada vez más, convirtiéndose en un producto modelo sin alma y de dudosa calidad. “Esta es una profesión sobre todo artística, pero cada vez se mira menos. Lo que se mira es producir barato, como si fuesen churros. Si no hay calidad, da igual. Es una pena, pero también depende del espectador. Si haces algo de calidad, lo que resulta ser más costoso económicamente, y el espectador no lo valora, pues la empresa toma nota y se aprovecha para la próxima vez”.

Estudio de doblaje./FOTO: José Antonio Meca

Futuro a distancia

Tristemente, en una sociedad donde todo muta a la velocidad de la luz, donde importa más la cantidad que el cómo, el ‘teledoblaje’ parece haber llegado para quedarse. “En parte es una degeneración del estatus laboral. Tú vas a un estudio y te pagan por convocatoria o por ‘take’ -escena-, y tienes una cierta seguridad laboral. Ahora, con este ‘teledoblaje’, la empresa abarata costes, pero el trabajador empeora su situación”.

Por último, ¿puede el doblaje llegar a Granada? Ya lo ha hecho. “El problema es que la pandemia le ha pillado de lleno. Cuando estaba surgiendo de manera incipiente, con empresas apostando por el doblaje, se ha visto ralentizado al no haber producto. Quiero creer que antes o después esto pasará y volveremos a un nivel de producción elevado. Se trata de regar la semilla para poder recogerla después”.

Todo dependerá de si un nuevo confinamiento nos vuelve a encerrar en nuestros hogares. “Si en EEUU no graban cine, nosotros no doblamos. El mundo del doblaje es un damnificado más del sector cultural, porque doblarse se podría doblar de forma remota. Sin producciones nuevas, no hay doblaje“.

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