Casi nueve meses llevamos padeciendo una pesadilla que no parece tener final. El coronavirus está cambiando nuestras vidas, acabando con ellas. Evitamos relacionarnos, dar besos y abrazos, y ni nos acordamos de la última vez que íbamos sin mascarilla o que estuvimos en una discoteca bailando.

El año 2020 está siendo para olvidar. Queda menos de mes y medio para acabar pero el dichoso bicho no parece que se vaya a despedir el 31 de diciembre. En este doloroso parto de 9 meses hemos asistido a multitud de volantazos políticos en la toma de decisiones para combatir la pandemia. Y nadie da con la tecla, ni los de izquierdas, ni los de derechas, ni los de centro, ni los de extremos.

Lo peor, es que si no nos mata el coronavirus nos va a matar la situación económica. Los autónomos volvemos a ser los grandes damnificados y los más castigados cuando se da la circunstancia de que somos el motor de la riqueza de un país. Y nos están gripando con ‘sinsentidos’.

El cierre de los comercios, de los bares y restaurantes, están empobreciendo a la población. Por ejemplo, en la provincia de Granada, se ha demostrado que las cifras de contagios, hospitalizaciones y muertes, siguen siendo muy elevadas pese al confinamiento al que nos estamos viendo sometidos. ¿Hay más riesgo de contagio en la terraza de un bar o en una tienda donde se controla el aforo que en un supermercado en el que ya no se toma ninguna medida? Mi opinión es que no. Y que, si seguimos sin poder trabajar, la ruina va a ser irrecuperable.

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