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Es 26 de junio aunque mucho pensarán que es ‘Año Nuevo’, y no me refiero solo a la resaca que puedan tener, aunque también. Es el primer día sin mascarillas y he visto imágenes de personas celebrando la cuenta atrás como si en la Puerta del Sol estuvieran. Vídeos de Instagram en las que meten fuego a la «quirúrgica», o la tiran al cielo al más puro estilo birrete en una fiesta de graduación norteamericana. Vergüenza pública.

Creo que la culpa no es tanto de ese rebaño de borregos como sí lo es del pastor, ese que no ha sabido guiarnos durante año y medio de pandemia. Bandazos por doquier que nos ha dirigido a un precipicio de difícil escapatoria. Pocas ovejas hay que descarríen, pero con una enfermedad que muta y se hace más fuerte, está claro que el de arriba opta por lo fácil, fuera mascarillas.

Y es que los datos avalan esta vuelta a la «normalidad». ¿Pero son correctos los datos? Obviamente no, todos mienten, o mejor dicho, no quieren saber la verdad. Hace unos días estuve en el ambulatorio de Atarfe para comunicar que me encontraba mal, con la garganta, con mucosidad, malestar generalizado… El que me atendió en ventanilla me tiró la tarjeta como si fuera un perro. No quise tener en cuenta su desprecio y falta de educación. El sanitario que me atendió me metió un palo en la boca como cuando era niño y me dijo «es un resfriado agarrado a la garganta«. Ni test de antígenos, ni PCR, ni piruleta por portarme bien.

«No interesa que se conozcan los datos reales de contagiados con la variante Delta»

Aun así, guardé cuarentena y cuando me encontré con algo más de fuerzas fui por lo privado a gastarme el dinero y checkearme. Efectivamente, positivo en coronavirus. El círculo con el que tuve contacto en los días previos, todos tuvieron que ir a centros privados a costearse los test porque la sanidad pública se negaba pese a las evidencias. Incluso, a un conviviente con un positivo declarado le dijeron que le hacían el antígenos (negativo), teniendo que gastarse más de cien euros en una PCR (positivo).

Y aquí sigo, recluido en casa casi una semana después, esperando la llamada del médico de cabecera. Una decena de personas a las que nos han negado el test PCR por lo público y hemos tenido que acudir a lo privado. Una decena de jóvenes consecuentes que nos hemos quedado en casa pese a que nos dijeran que era un «resfriao agarrao», o que el antígenos diera negativo. Porque tal vez no interese que se sepa que la cepa Delta está pegando fuerte en España, en Andalucía, que las cifras se disparen justo antes de eliminar la obligatoriedad de las mascarillas. Vergüenza pública, y de sanidad pública.